martes, diciembre 02, 2014

La línea media de su espalda era acariciada por una esponja vegetal; su delgadez permitía reconocer al tacto vertebra por vertebra, su columna era un tobogán indomable desde donde caía un aceite denso.
Las manos rodearon del golpe su vientre, el vapor condensaba el olor a romero y menta.
Como unas pinzas afiladas, unas uñas sujetaban del pelo a la cabeza cuya boca era besada.
Un enredo de piernas luchaba por no salir del agua caliente. Fue más fuerte otro deseo: mojando el piso y con sumo cuidado, Marcelo corrió a buscar la cámara de fotos, una extensión de sus propios ojos que pudiera retener de alguna manera, uno de los momentos más intensos de la noche.  
Cuando volvió, la sirena esperaba acostaba, y mientras el temporizador de la Cannon empezaba el conteo, una medusa bailaba al compás, dibujando el infinito sobre la pelvis del fotógrafo.
Sin saber lo que se había retratado, fueron directamente a la cama. En la mesa de luz, la lámpara de sal daba consistencia a una sombra en la pared, como una pintura rupestre grabando en la piedra un ritual sagrado, la elevación del cosmos, un estallido de furia que antecedió la calma.

jueves, octubre 30, 2014

Cuando la noche aclare, sabre que ante mis ojos hay otras cosas que en espirales avanzan hacia arriba y caen,como gotas de llovizna. Tendré, entre mis manos el rocío de una mañana luminosa, una canción azul, una flor grandiosa.
Entre escondites, fui buscando ese diamante que brilla mas cuando no se lo ve. Es ahí que el secreto se devela, que se corre el manto de engaños y entrega el alma lo que queda.
Por esos recorridos, voy. Tan en secreto que se descubre. Todo eso que fue, lo todo lo que es, el eco de lo que viene. Una vibración y una reverberancia que exige entender ese contacto sutil, ese profundo momento en que el mundo se comunica.

miércoles, octubre 29, 2014

  No es de esas para modelaje. Ni lisa, ni delgada, ni siquiera sus huesos colaboran.
  Cada una de sus marcas es como un dato cartográfico que contempla el mapa de su recorrido. La cicatriz de la fractura del dedo meñique cuando resbalo escalando en Australia, la medialuna chiquita que le quedo del corte cerca del pulgar cuando en Budapest se le cayó una taza de porcelana.
  Tiene la piel curtida de juntar kiwis en Nueva Zelanda y uvas en Francia, la piel medio morena del sol mexicano y la roncha en la palma de la mano que quedo de la picadura de una araña en el Amazonas, trepando un árbol de bananas.
  Pero esta mano también conoció la espalda de Jean Paul, los hombros de Isadora cuando se despidió de Bahía, la arena cálida y algunos peces el día que acaricio a contrapelo un tiburón bebe.
  Agarra fuerte los pasajes, acaricia el pelo, rodea un muslo y cubre los ojos al atardecer en Bali.
Anuda fuerte una mochila, trenza una canasta, delinea unos labios deseados.
 Es una mano sincera y cruda. Tiene una uñas cuidadosamente cortadas que cada tanto cambian de color, y un anillo de jade que adorna su dedo índice de cuando Sajir, mirándola, la tomo para ayudarla a bajar del camello.  Fue entonces, que conoció la profundidad del desierto.

martes, septiembre 30, 2014

Lo que tarda en caer la primera lágrima del destierro, cuesta juntar con las dos manos, en un río silencioso que cava por dentro de montañas cuevas de brillo y sombras.
Lo que tarda en nombrarse la ruptura, aletarga en sueños el dolor que siempre llega y nunca se hace acción, hasta que sí. Ese sol que quema demasiado fuerte hasta helar el último suspiro.
Una noche oscura donde las estrellas ya no brillan, el futuro que se deshace, una desilusión que corta el aire, ahoga el pecho.
El dolor de escribir en el dolor, la inspiración que nace mejor de esa fuente. El odio de que no inspire más que el amor.
Un ocaso tan suave que enciende el horizonte con miedo. Ya no poder dar un paso atrás, sentir que no hay más formas, que se agotaron los moldes. Ese miedo que abre heridas nuevas viejas. El olor del abandono, la tristeza que abre los ojos. Ese enojo tan feroz que arranca todo lo que queda de una sola vez.
Ya no queda nada, y después: el convencimiento. Una mano que vuelva tomar por el hombro para no permitir la marcha atrás, darle la espalda al error acertado, mirar a lo lejos el agua de algún mar desconocido.
No hay dos piedras iguales. No hay dos ardores iguales. No hay más que lo que queda, de días nunca iguales, de campos abiertos, de bosques fértiles, de playas vírgenes, esperando el sueño.


jueves, agosto 28, 2014

    Porque sometieron la experiencia al juicio ajeno, más que a las sensaciones propias,  hoy los miran cuando entran.  Con las manos sueltas y el corazón apretado. Un par de palabras poco inocentes que juegan a ser amables pero que desde cerca y a la distancia son una cuchilla caprichosa, llena de peros sin fundamento.
    Hace años no hablan de otra cosa que de nada, porque ese juicio extranjero no los deja decidir. Una luna inmaculada robo el deseo en la mirada, una imanada atracción no descansa y el prejuicio de ellos mismos separa  los destinos, a no ser que la propia vida los reúna en algún lugar de la Ciudad, cuando el viento deja de soplar sobre las baldosas y sube, enfureciendo el cielo hasta que vuelven a separarse.
    No alcanza con que no sea. Tiene el destino que recordarles todo el tiempo el dolor de no haberse arriesgado a tiempo y para eso no hay consuelo. Lamentar, se lamentan todos pero nadie vive con la carne enrojecida como ellos, porque todavía queda la atadura de la piel cuando hace cosquillas e insinúa que una magia que se calla dice todo lo que las palabras no nombran. La certeza del calor en las mejillas, la espalda que se acomoda cuando vienen, que estremece por delante cuando van, un jazmín que florece en el primer sol fuerte y se muere porque falta el último frío.
    Y ahí están, uno que cruza la calle y ve por la ventana a otra que hace de cuenta que no ve y revisa el celular para ver si fue vista. Un tango que el primero dejo a la mitad y la segunda no aprendió a bailar por miedo.
    Todos los ven, y nadie sabe que al final del día casi ni se acuerdan que los años entierran lo que esos mismos años desentierran al salir por la misma puerta, de la misma calle, del mismo barrio a mil kilómetros de distancia.