Todavía llovía cuando Rosario salió al jardín del fondo. Camino hasta el cuenco que estaba colmado por el agua que escurría el rosal y fue hasta la galería apoyándolo con cuidado, los pétalos flotaban en una danza circular. Alguna gota que resbalaba por el limonero mojo su frente, después el bordado del vestido hasta los pies. Olía la tierra revuelta, el vapor que subía, la facilidad para extrañar las cosas que duele soltar, como el pasto al agua condensada que se vuelve vapor cuando el calor agobia. Así, Rosario soltaba: de a poco, con sumo cuidado.
Se sentó a observar el cuenco hasta ser absorbida por las vibraciones. Su cuerpo, que latía en la misma sintonía, buscaba formas escondidas intentando descifrar jeroglíficos perdidos que guiaran el pensamiento. La madera estaba helada. Cerró el suéter de algodón botón por botón despertando los dedos en ese trenzado tan exigente en la motricidad que implica, que es mejor no dejar de concentrarse, y sujetó el pantalón a las piernas para hundir los dedos de los pies en el suelo.
Nuevamente camino hasta las plantas, les dio la vuelta y regreso a la galería. El cuenco continuaba inalterable en su existencia, sosteniendo el agua que se mecía. Hizo girarla con uno de sus dedos índice que después sacudió en un vaivén sutil que dibujo una curva, que hizo eco en el brazo, en el torso, en la espalda, transformándose en un giro, en un camino de barro sobre el piso de roble viejo. Eran curvas pronunciadas, escondidas, arrepentidas, seguras, definidas, algunas casi invisibles que movían las rectas pequeñas. Una ondulación infinita, que no tenía principio ni final, una piel que hablaba y resolvía sin lugar a la conciencia. La escena era única, el público acomodado alrededor aplaudía cada vez que una ráfaga aparecía. Rosario continuaba más cerca de ellos, miraba de cara al cielo, abría el paso fresco a sus órganos. Circulaban energías que alimentaban la imagen, que cantaban susurrándole al oído. El corazón se aceleraba, el pecho ardía y se relajaba, abría los ojos, todo el espacio. Cuando sintió que la pausa la llamaba, se acercó al cuenco nuevamente, tomo el agua que tenía dentro, comió los pétalos y con lo que sobro humedeció lo que quedaba seco de su territorio. Sonrió, agradeciéndoles y apoyando cada parte de sus pies entro a la casa, dejando la puerta abierta para no olvidarse nunca de la danza y su esencia.
"...y la vida se acuesta a mi lado y con ella me empiezo a dormir y ahora sueño y me voy alejando de todas las cosas que supe sufrir y sentir, yo y mi jardín..."
martes, julio 09, 2013
jueves, junio 20, 2013
Es tan claro que la verborragia me saque de los apuros, que dejo que vaya sucediendo.
Una sierra azul, un árbol frondoso, unas ramas que van soltando sus hojas. Un sendero largo que va llevándome al techo, un cuerpo tosco que quiere liberarse.
Sed de ser todas juntas, en todas partes, una que saciaría la exigencia mas rígida. Movimientos que sueltan a su paso tensiones viejas, amarguras que no me dan tregua ni siquiera cuando duermo.
Ideales demasiado firmes en un sistema de homogéneos. Heteroidealista en la medida que te acepto, homoidealista en la medida que no renuncio a mi misma.
Una sierra azul, un árbol frondoso, unas ramas que van soltando sus hojas. Un sendero largo que va llevándome al techo, un cuerpo tosco que quiere liberarse.
Sed de ser todas juntas, en todas partes, una que saciaría la exigencia mas rígida. Movimientos que sueltan a su paso tensiones viejas, amarguras que no me dan tregua ni siquiera cuando duermo.
Ideales demasiado firmes en un sistema de homogéneos. Heteroidealista en la medida que te acepto, homoidealista en la medida que no renuncio a mi misma.
miércoles, junio 19, 2013
En el patio de mi casa un rosal blanco estaría intentando tocar el sol.
Detrás el caracol avanza hacia su hoja, delante sube el humo enredándose en las espinas.
Un aire de otoño viejo me empuja hacia el interior de mis brazos, que fríos, intentan tocarse.
La cueva-casa me espera que volver a atraparme, yo voy escapándome por el quinto renglón.
Una frase que salva, un sonido que calma. Es el mismo silencio, el que ocurre.
Una anormalidad sin ganas de cura, un faro que ve y no entre la niebla del mar que atropella.
Un paisaje de mundos, un cielo medio gris, medio blanco, medio todo. Y algún rayo asomándose en el eterno ocaso que siempre espera la luna.
Detrás el caracol avanza hacia su hoja, delante sube el humo enredándose en las espinas.
Un aire de otoño viejo me empuja hacia el interior de mis brazos, que fríos, intentan tocarse.
La cueva-casa me espera que volver a atraparme, yo voy escapándome por el quinto renglón.
Una frase que salva, un sonido que calma. Es el mismo silencio, el que ocurre.
Una anormalidad sin ganas de cura, un faro que ve y no entre la niebla del mar que atropella.
Un paisaje de mundos, un cielo medio gris, medio blanco, medio todo. Y algún rayo asomándose en el eterno ocaso que siempre espera la luna.
lunes, junio 17, 2013
… your love is a sweet addiction…
Hacía suficiente frío como para que nadie estuviera en la terraza de la casona donde se festejaba. Ya había llegado riéndose de su torpeza, casi toca el timbre en otro lugar, por no querer sacar la nota que llevaba en su cartera. Una madrugada de sábado, no deja de ser madrugada para alguien que duerme.Fumaba con su amiga, en medio de una conversación sobre cosas que casi no tenían sentido, latiendo un encuentro que no sucedía, cuando no probaban hacer verticales contra la pared o inventaban historias sobre los huecos del borde añejo. A lo lejos se escuchaba la música que bailaban los demás, solo aumentó la claridad de la escucha cuando Francisco abrió la puerta. Dudando en su avance, sonrió sin sacarle la mirada de encima, recibiendo algún gesto con la cabeza, como queriendo saber más. Entonces confeso que había una energía que andaba llamándolo desde algún lugar. Ahora sonrieron del otro lado de la baldosa y contestaban: “Podría decirse que andaba necesitando tus ojos...” Y sobre todo, la distancia sutil que solo puede percibirse cuando dos casi se rozan.
Hacía mucho frío, el humo del cigarrillo tomaba protagonismo cuando una tercera buscaba dialogo con un cuarto que no estaba.
Francisco caminaba hacia atrás, balanceando el peso, trasladándolo de un pie al otro. Cuando estaba por apoyarse en una pared, detuvo la marcha al tiempo que Malena se tomaba la bufanda por los extremos llevando su cabeza hacia atrás, desafiándolo mientras los labios esbozaban alguna sonrisa que poco se dejaba ver. De nuevo la conquista del gesto. La carcajada sutil que describe el acto que está por venir.
Fueron a sentarse al sillón que estaba en la sala principal de la casa. Uno, cuya consistencia permitía que todo aquel que se sentara quedara atrapado entre el cuero viejo y sucio por el uso continuo. Malena, le confeso que tenía miedo de ir hasta la cocina a buscar una cerveza, porque presentía que cuando volviera, alguien mas estaría en su lugar. Francisco la tomo por la cadera tirándola hacia abajo e intento levantarse de forma decidida, Malena lo tomo por la cintura, lo sentó y se levantó más decidida que él. Apareció quince minutos después de haber mantenido una conversación rarísima sobre los colores del tutti frutti, Francisco volvió a reírse mientras golpeaba despacio el lugar en donde estaba sentada: “Vení para acá”.
Acaso el cuerpo es el mejor recurso para decir las cosas que las palabras ensucian, por lo que un frente y el otro se observaron detenidamente, los labios andaban esperando, postergados, un turno que nunca llegaba.
-“Vamos a bailar”
-“No”
-“Dale, vamos”. Los ojos de Malena eran inmensos, los de Francisco seguían siendo profundos.
De nuevo el vaivén de peso del talón a un costado u otro de los pies, los trasladaba hasta el ventanal que daba a la calle. Sobre Fragata Sarmiento, la humedad cubría las veredas; sobre el piso de madera, aquellos dos se disfrutaban. Las luces del barrio chino cubrían las paredes blancas, un ambiente cálido abrazaba el deseo, la música seguía convidando temperatura, generalmente la piel no miente. Bailaban casi abrazados, respirándose con tanta pesadez que aquellos ojos tenían que ir fijándose al suelo para no perderse. Francisco tomaba por la cintura a Malena, que estremecía en el contacto moviendo el hombro, del mismo lado que era tomada, hacia abajo. Movía su cuello sacándose un poco el pelo de la cara, encontrando la mirada de Francisco, y volvía a acercarse. Ahora una cadera y una mano bailaban una danza propia, la cadencia contagiaba el aire de secretos que empañaban los vidrios de adentro hacia afuera. Nada más humano que el juego incansable del tacto, el dialogo sincero entre los sentidos.
En el amanecer sin sol bajaron las escaleras hacia la salida. Una vez más se encontraron en el abrazo, en el cuello, en el beso que duda en la mejilla, en las manos que no se separan, en las palabras que no los dejan ir…en la yema de los dedos que no se despegan, en la huella que queda en el cuerpo tan marcada que los acompaña hasta su imaginación incansable, hasta la ansiedad intolerante que espera el próximo sueño.
Era un aburrimiento sumamente desequilibrante. Sabía que estaba yendo hacia esos lugares pasajeros, intensos, tan envasados al vacío. Luchaba con pocas ganas por salir de los estanques en que se encontraba, le daban un consuelo peligroso cuando la realidad no era lo que esperaba.
Demasiadas expectativas puestas en aquello que insiste con el llano, que lo prueba en cada rincón de lo fantástico cuando es derrotado por lo concreto.
Pasaba, ahora, con un registro más profundo. Era cuestión de despedirse de la imaginación oscura. Enfrentar nuevamente la tristeza, hacer el duelo en la renuncia a los caprichos. Enfrentar lo cotidiano recordando que, a lo que vivía, los demás le daban sentido en la medida en que ella lo encontrara. Siempre una búsqueda atenta y sincera.
Ah! Y que a nadie se le ocurriera poner en duda su amor, cuestionar su sensibilidad. Si el mundo la lastimaba…bueno, eran cosas que tenían que pasar, antes que vivir anestesiada. No iba a mentirse a ella misma, no quería dejar de sentir. No negociaría jamás su observación, era capaz de superar algunas instancias de lejanía, sabía que en algún momento terminaría, era cuestión de tiempo.
Ya conoce el regreso, sabe que tiene que hacer el esfuerzo, una vez más…dejarlo ir. Supongo que esta vez, con la certeza de saber que puede sostenerse igual. Es cuestión de nunca olvidarse de respirar.
Demasiadas expectativas puestas en aquello que insiste con el llano, que lo prueba en cada rincón de lo fantástico cuando es derrotado por lo concreto.
Pasaba, ahora, con un registro más profundo. Era cuestión de despedirse de la imaginación oscura. Enfrentar nuevamente la tristeza, hacer el duelo en la renuncia a los caprichos. Enfrentar lo cotidiano recordando que, a lo que vivía, los demás le daban sentido en la medida en que ella lo encontrara. Siempre una búsqueda atenta y sincera.
Ah! Y que a nadie se le ocurriera poner en duda su amor, cuestionar su sensibilidad. Si el mundo la lastimaba…bueno, eran cosas que tenían que pasar, antes que vivir anestesiada. No iba a mentirse a ella misma, no quería dejar de sentir. No negociaría jamás su observación, era capaz de superar algunas instancias de lejanía, sabía que en algún momento terminaría, era cuestión de tiempo.
Ya conoce el regreso, sabe que tiene que hacer el esfuerzo, una vez más…dejarlo ir. Supongo que esta vez, con la certeza de saber que puede sostenerse igual. Es cuestión de nunca olvidarse de respirar.
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